Colombia: ¿tragándose sapos por la paz? por Gustavo Romero Umlauff

Colombia: ¿tragándose sapos por la paz? por Gustavo Romero Umlauff

thumbnailGustavoRomeroUmlauffLa metáfora “tragarse los sapos” no sólo es un acto repulsivo de engullir un animal grotesco -de piel seca y áspera- que, además de tóxica, encarna una actitud por la que una persona, una colectividad o una nación se ven obligadas a sobrellevar un evento detestable, incluso execrable, por un eventual propósito humanitario mayor para la búsqueda de su estabilidad y de su tranquilidad.

Esto es, precisamente, lo que podría haber pasado durante el plebiscito habido en Colombia si es que sus ciudadanos ratificaban definitivamente el Acuerdo de Paz suscrito entre los representantes del Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC).

Sin duda, para que las FARC depusieran las armas e iniciasen su desmovilización en todo el país, los votantes tenían que “tragarse algunos sapos” para lograr aquella ansiada paz luego de un conflicto armado que lleva más de cincuenta años.





Por cierto que hay partes del batracio que son mucho más difíciles de ser ingeridos que otros, de ahí que –por la brevedad exigida- sólo señalaré uno y es el correspondiente a la participación de los insurgentes en la vida política del país donde, por supuesto, ninguno de los líderes terminarían tras las rejas. Una regla, aunque a ojos de muchos muy injusta, pero ineludible cuando un conflicto armado termina en una mesa de negociación.

Pero sí eran insostenibles aquellas concesiones que el Gobierno de Juan Manuel Santos le había otorgado a las FARC para su participación como partido político. Así, p.ej., hubiesen recibido del erario de ese país una suma especial para su funcionamiento y otro tanto para contribuir al financiamiento de la difusión y divulgación de su plataforma ideológica y programática; de manera que era el propio Estado colombiano el que se hubiese convertido en el auspiciador oficial de una doctrina proveniente de la insurrección.

Más aún, en las siguientes campañas de los candidatos a la Presidencia, Senado y Cámara de Representantes el venidero partido de las FARC hubiesen recibido subvención estatal anticipada y un mínimo de 5 curules en cada una de las Cámaras, además de concederles una insólita participación en las deliberaciones en el Consejo Nacional Electoral, entre otras muchas prerrogativas políticas que se pueden advertir de la lectura de las páginas 61 y siguientes del Acuerdo.

Algo tremendo, pues si una Democracia tiene la característica de otorgar condiciones igualitarias de participación en las elecciones, paradójicamente con estos compromisos se hubiesen otorgado privilegios a aquel nuevo partido de los insurgentes en desmedro de una mayoría que hubiese quedado subordinada a convertirse en una especie de ciudadanos con derechos de segunda clase y, claro está, con entidades socavadas en su más profunda institucionalidad e independencia.

Si estas excepcionales concesiones políticas a las FARC por parte del régimen de Santos eran tan imperiosas para lograr la paz, no logro imaginarme las eventuales consecuencias que podría haberles traído a los colombianos, en un futuro muy cercano, haberse tenido que engullir totalmente este batracio aún cuando el mayor anhelo sea llegar legítimamente a la estabilidad y tranquilidad del país.

Está visto que el resultado plebiscitario habido, ahora, en esta nación cafetera es un claro rechazo a los acuerdos del Gobierno con las FARC que, a criterio de muchos, habría sido una forma de claudicación y, probablemente, un grave legado para las futuras generaciones de la Región.

 

gustavoromeroumlauff@gmail.com

@GRomeroUmlauff