Coge dato: Las instrucciones para averiguar pecados de lujuria


 

El pecado de la lujuria hace que los cristianos vayan al infierno por carretadas, según la ortodoxia católica. De allí la advertencia de la cátedra religiosa del período colonial sobre la necesidad de evitar la actividad sexual ilícita, es decir, la que sucede fuera del sacramento del matrimonio; pero también sobre la obligación que tienen los eclesiásticos de perseguir unas faltas tan peligrosas y habituales. Como los hombres son de pasta débil, esto es, proclives a los placeres del sexo, corresponde a los confesores ocuparse no solo de reconvenirlos por los yerros que cometen, sino también de seguir la pista de esas infracciones como si estuvieran ante la persecución de crímenes terribles.

De allí la publicación de métodos para el descubrimiento de los delitos de fornicación, que consisten o consistían en la enseñanza de los pasos que deben o debían seguir los confesores para su exploración exhaustiva. No sé si fui objeto de sus pesquisas en mis turnos juveniles de penitente, pero las estudié en un libro publicado por Alfa en 1993 –Ventaneras y castas, diabólicas y honestas– al que acudo ahora para relacionar a los lectores de Prodavinci con uno de los instructivos de averiguación de culpas que fue de uso corriente en nuestros tiempos coloniales. Se trata de Prácticas del confesionario y explicación de las sesenta y cinco proposiciones condenadas por la Santidad de N. SS. P. Inocencio XI, escrito por el padre Jaime Corella y publicado en Madrid en 1751, con cuyo contenido se trabajaba en el oratorio caraqueño de San Felipe Neri.

Los clérigos utilizan entonces el confesionario como oficina para detener la influencia de un mal que no puede evitar la debilidad de las criaturas de Dios. Pero no se trata de una oficina cualquiera, sino de una comisaría pertinaz que realiza interrogatorios despiadados para los cuales se instruye meticulosamente al interrogador. Si seguían las fórmulas del padre Corella podían llegar a secretos y conductas que nadie, ni entonces ni después, desembucha sin presiones. Así encontramos en el ejemplar de Corella una elocuente manera de ilustrar el método de topar con pensamientos inhonestos:

Confesor: ¿Cuántos pensamientos inhonestos habrán sido?
Penitente: Padre, hanme ocurrido tantos, que no será fácil pueda decir los que habré consentido.
C: ¿Cuántos tendría cada día, un día con otro, poco más, o poco menos?
P: Tendría cada hora tres, o cuatro, poco más, o menos.
C: ¿Y de ellos tres, o cuatro, cuantos serían los concebidos plenamente, con plena advertencia?
P: Serían cada hora uno, una hora con otra.

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