Luis Alberto Buttó: Praga en la memoria

 

El 21 de agosto pasado se recordaron 51 años de la invasión soviética a Checoslovaquia. Esa madrugada, más de 200.000 efectivos militares provenientes de las fuerzas armadas del llamado Pacto de Varsovia (soldados y oficiales de la extinta U.R.S.S. y de algunos de sus países satélites, concretamente Bulgaria, Hungría y Polonia), respaldados entre otros elementos por el mortífero potencial representado en una cantidad de tanques de guerra superior a los 2.000, entraron a sangre y fuego en las calles de la capital checa para poner fin a la llamada «Primavera de Praga»; es decir, el proceso de liberalización política iniciado en enero de 1968, cuando se produjo la renovación de la alta dirigencia comunista de aquel país y se impulsó un conjunto de reformas, principalmente políticas y en segunda instancia económicas, que pretendían, según lo expresado por sus ideólogos y voceros, proporcionarle “rostro humano” al socialismo. Craso error de quienes creyeron se podía cambiar la realidad existente y además salir indemne: la única faz que históricamente el socialismo pudo y puede demostrar es la de la fiereza, la crueldad, la violencia, el sometimiento. Para decirlo con la propiedad requerida, en todo momento y circunstancia, el socialismo es enemigo inquebrantable de la libertad y la democracia.

Cuando se pregona que el socialismo puede construirse en libertad y democracia, una de dos: o se miente desvergonzadamente por razones de militancia partidista y/o afinidad ideológica, o se evidencia la más calamitosa de las ignorancias posibles en materia de ciencia y experiencia política. Claro está, el asunto no siempre se plantea en términos de disyuntiva. Puede darse el caso de que asumir una de las opciones mencionadas conduzca a asumir la otra. Allí el cóctel de pensamiento deja de ser intragable para degenerar en venenoso. La alienación mental dispone el terreno para que prenda la irracionalidad. Entonces, tierra arrasada es la consecuencia. Por esa razón, a su paso, el socialismo no deja más que miseria absoluta y sufrimiento infinito. De esa película de terror, algunos podemos hacer spoiler: nos la sabemos de memoria hasta los créditos finales.

El socialismo es una autopista de múltiples canales dispuesta para transitar a mil kilómetros por hora en dirección al desmontaje de la democracia. No puede ser de otra manera. El socialismo niega y persigue las libertades fundamentales del ser humano; es autoritario por antonomasia e irremediablemente conduce a la edificación de regímenes totalitarios. Todo el discurso emitido en torno a las bondades del socialismo como elemento de liberación del ser humano de la explotación capitalista no es más que argumentación rudimentaria y falaz con la cual los ideólogos de este malévolo sistema de expropiación de la propiedad privada tratan de esconder su odio denodado contra la democracia liberal representativa pues saben perfectamente que es la única realmente existente y posible en la modernidad.

Para puntualizarlo con la claridad requerida: la vigencia de la democracia sólo es posible en el capitalismo pues la relación entre ambos históricamente se ha demostrado que es bidireccional. Es decir, a mayor nivel de desarrollo del capitalismo mayor es el desarrollo de la democracia y viceversa. Quien piense en la armazón de un sistema político que efectivamente sea garante del ejercicio de todas las libertades políticas, civiles y económicas inherentes a la condición humana, es decir, donde la ciudadanía puede desarrollarse sin ningún tipo de cortapisas, está ética y conceptualmente obligado a no desdeñar nunca tal irrebatible planteamiento teórico. De lo contrario, con la retórica acomodaticia del caso, terminaría siendo otro triste peón más en la trama de montar un sistema político que, como bien se dijo en algún momento, es …”intrínsecamente perverso”…

No puedo evitarlo: cuando leo o escucho babosadas del tipo “legado” o “chavismo originario”, Praga me viene a la memoria.

@luisbutto3