León Sarcos: Jack Kerouac o la impaciencia de vivir

A la única mujer que he amado en el solitario camino de la vida

Su vida es su prosa, volcánica, explosiva, devastadora, que habla al ritmo de las notas del jazz de Charlie Parker, interiorización de un tiempo de rebelión de la sociedad norteamericana, que brota centelleante del alma pulsional y atormentada de Jack Kerouac en su más compartido libro, On the road:

La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que esta loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas… 

Prosa avasallante que contagia la sangre y el sentir de toda una generación que se hizo férrea crítica de las instituciones tradicionales en la postguerra: la familia, el matrimonio, el materialismo, el consumismo; defendía la experimentación con la droga, la libertad sexual, la igualdad de la condición femenina, la aproximación a las religiones orientales, la vigencia del amor y la paz y cuestionaba la hegemonía de la tecnocracia.

Si algo define la existencia de este estadounidense, de padres canadienses, nacido en Lowell, Massachussets, el 12 de marzo de 1922, es su inmenso deseo de vivir y de sentir; diría que su ansiosa prisa por ser, su desmedido deseo por mirar hacia adentro de sí mismo a través de la experiencia y acercarse, cada vez más irreverente, al ocultamiento de las razones que con convicción nos da la ciencia y la tecnología: 

Todas las cosas de la vida, todas las caras, se amontonaron en la misma habitación… Nunca comprendía porque me gustaban demasiadas cosas y me confundo y me desconcierto corriendo detrás de una estrella fugaz tras otra hasta que me hundo…

Fue hombre de múltiples labores en decenas de desempeños y todas las hizo bien: mecanógrafo, bombero, bibliotecario, marino mercante, experto en lucha de brazos, excelente jugador de futbol americano —que le hizo merecedor de una beca en la Universidad de Columbia—, empleado de ferrocarril y guardabosque. Lo único que no soportó, con lo que demostró su espíritu rebelde y su rechazo a recibir órdenes, fue la vida militar, a la que renunció fingiendo locura, por lo que forzosamente fue dado de baja. 

Líder de una generación con su obra más emblemática, En el Camino, junto a Allen Ginsberg, con su poema Alarido; William Burrrougsh con El almuerzo desnudo; Neal Cassady, coprotagonista de la novela de Kerouac y John Clellon Holmes, a quien se le atribuye la utilización por primera vez, en un artículo de New York Times aparecido en 1952, el nombre de La Generación Beat (golpeada) sin que se sintiera parte de ella y más bien actuara como un teórico, de vida más convencional que el resto.

Este movimiento cultural y literario, que floreció en la década de los cincuenta en Estados Unidos, aunque no muy amplio en términos de adeptos, tuvo una significativa influencia y dejó una profunda huella estética y cultural en la juventud del mundo, que este año, a un siglo del nacimiento de uno de sus líderes más representativos, trae de nuevo a la palestra los alcances de sus intentos por humanizar la vida y fortalecer la espiritualidad en el mundo.

Kerouac, con su prosa espontánea, una versión americana de la escritura automática, expresión del surrealismo que proclamará André Breton en Francia en 1924, se convertirá con su libro en un referente indispensable de la generación beat con bastante influencia sobre los movimientos de vanguardia de la época, del bebop al rock, al pop y a los hippies, que sacudían el comportamiento de la juventud en la segunda mitad del siglo XX.

Resulta innegable su influencia sobre un grupo de músicos e intelectuales entre los que se encuentran Bob Dylan, Van Morrison, Janis Joplin, Tom Waits, Patti Smith, Ray Manzarek, David Bowie y bandas como The Byrds, The Doors, The Beatles y King Crimson.

Para María Geralda de Almeida, en un original ensayo titulado La lírica poética de Jack Kerouac On the Road: el estilo narrativo de Kerouac es avasallador, como el flujo ininterrumpido de una avalancha de palabras, imágenes, promesas, visiones y descubrimientos. Se configura como un estilo portador de frescura libertaria de un imaginario proto pop. Su texto es vertiginoso, incontenible de juerga y coloquialismos, capturando la sonoridad de las calles, de las planicies, de las carreteras de Estados Unidos.

El mismo Kerouac confesaba, para defenderse del peso de la crítica por su prosa espontánea: Me pasé toda mi juventud escribiendo lentamente, haciendo revisiones e infinitas y cíclicas especulaciones, descartando cosas, pero llegué un día a descubrir que estaba escribiendo oraciones que no tenían sentimientos. 

Su canto espiritual y sin convenciones gramaticales constituyó un sustancial aporte que derivó en una fuerza de liberación social que actuó como catalizador en los movimientos de emancipación de la mujer, de defensa de los derechos civiles de los negros, de reencuentro de los jóvenes con la naturaleza, el amor libre y la preservación del ambiente y la paz, en el caso de los hippies.

Según Hugo Savino, Kerouac fue un poseído que apostó al futuro de su acentuación. Odiaba la modernidad de laboratorio… El clochard celeste (Kerouac) venía de la vida. Era el sonido del rumiar de la familia, de la calle, filtrado por el lirismo de su voz. Para que viva. De silencio, a gesto, a soplo, a silencio, a meditación, a canto… Detestaba las palabras revolución y religión. Ellas son solo palabras. Las únicas palabras que valen, sean las que sean, son las palabras en las que piensas cuando ves volar una mariposa…

El epicentro de su obra lo constituye la fascinación por recorrer los caminos de su país, en una afanosa búsqueda identitaria. Largos viajes de dos jóvenes americanos intentando encontrarse a sí mismos: Dean Moriarty (Neal Cassady) y Sal Paradise (Jack Kerouac). En alguno de los diálogos, uno pregunta al otro, en ese largo recorrido, el inicial, por la legendaria Ruta 66, desde Paterson, New Jersey, por toda la costa este de Estados Unidos; el segundo, de Testament, Virginia hasta Washington, por la 301; el tercero, de Denver a San Francisco, y de regreso a New York; y de New York a la Ciudad de México:

–¿Cuál es tu camino, Hombre?

El camino de lo místico, el camino del loco, el camino del Arco Iris, el camino de los peces, cualquier camino. Hay siempre un camino en cualquier lugar, para cualquier persona, en cualquier circunstancia.

Kerouac y la generación beat visionaron y vivieron con muchas décadas de antelación la globalización y los efectos de la revolución digital sobre la movilidad de los jóvenes en el mundo, su renuencia a los compromisos, al matrimonio, al trabajo domiciliado, a la jerarquía, a la disciplina que castra, a la inmovilidad burocrática, a los liderazgos convencionales y a las normas y los protocolos asfixiantes.

De nuevo la voz de Kerouac: Vamos a ponernos en marcha y no vamos a parar hasta llegar hasta allí… la vida es el camino.

Kerouac, anuncio con su canto, En el camino, a los centauros de una nueva civilización, que embriagados de sentimientos de libertad y de justicia presagiaron  cambios  y que además sabían que no vendrían en el futuro de la inteligencia artificial, sino de seres humanos muy tiernos que habían puesto arder en grandes pilas las nuevas tecnologías que ayer los hicieron esclavos.

 Leon Sarcos, junio 2022